Movilidad, políticas de transporte e inclusión urbana

junio 2010

Dialogues, propositions, histoires pour une citoyenneté mondiale (DPH)

Existe una relación clara entre la evolución de los sistemas técnicos y la evolución de la misma organización urbana. La aparición del ferrocarril en el siglo XIX, y luego, la generalización del uso del automóvil en el siglo XX han transformado de forma radical tanto el tamaño como la organización de las ciudades, haciéndolas pasar hoy a regiones urbanas que pueden extenderse sobre centenas de kilómetros cuadrados y juntar hasta cuarenta millones de habitantes.

Los nudos de los sistemas de transportes, que se trate de las estaciones o de los enlaces de autopistas, han tenido un impacto decisivo sobre las relaciones entre hábitat y trabajo, sobre la construcción de las zonas de actividad y de las zonas comerciales. Las decisiones individuales de movilidad inducen o son inducidas por decisiones colectivas de organización de las redes y de la movilidad. Esta relación dialéctica se refuerza ella misma, tal como se ha podido constatar con la expansión urbana de los últimos 100 años. Al nivel del urbanismo operacional, la elección de sistemas de transporte y la organización de las movilidades, como por ejemplo el hecho de compartir las carreteras y el espacio público, determinan de forma considerable la evolución de las formas urbanas.

Sin ser el único factor determinante, el sistema de transportes tiene un impacto decisivo sobre el precios de las tierras, sobre la economía urbana y además, está vinculado a cuestiones políticas y fiscales clave, como la capacidad de un gobierno local de recuperar la plusvalía inmobiliaria originada por las inversiones públicas en el sector de los transportes.

Por otro lado, también existe una relación igual de intensa entre la estructuración social y la organización de la movilidad. La cohabitación de distintas clases sociales en un mismo espacio según una segregación vertical (los sótanos o pisos más altos eran reservados a las clases obreras) ha sido reemplazada, como resultado de la evolución de la movilidad, por una segregación espacial que toma formas muy diversas según cada país; lo más pobres ocupando a veces espacios abandonados de ciudades antiguas o espacios periféricos muy alejados.

Desde mediados del siglo XX, en Estados-Unidos y en Europa occidental, y luego, poco a poco, en el mundo entero, la relación entre la ciudad y el automóvil se ha vuelto un tema central. El automóvil es el símbolo del acceso a la libertad, a la comodidad y al prestigio, y la presión es tan fuerte que las estructuras urbanas tienen que adaptarse. Incluso a pesar de que haya sido comprobado que « externalidades negativas », como lo dicen púdicamente los economistas, tal como congestiones, contaminaciones o impactos sobre las salud, ya son palpables.

La generalización del automóvil ha llevado a círculos viciosos de autodestrucción de la ciudad ella misma. Desde hace unos veinte años, somos testigos de los esfuerzos para invertir esta tendencia, y nuevas evoluciones de los sistemas técnicos – los tranvías de nueva generación, las bicicletas en libre acceso, los automóviles compartidos, los sistemas de regulación automática de la circulación, la penalización del uso del automóvil en zonas urbanas centrales, los vehículos de dos ruedas o eléctricos- han modificado de forma progresiva el vinculo privilegiado que mantenía el automóvil con los signos de la modernidad.

Sin embargo, en economías en las que el sector automóvil está en el centro del sistema industrial, ningún gobierno se arriesga a romper este motor del crecimiento, menos aún en contextos de crisis económica.

En las próximas décadas, la gestión de la movilidad urbana simbolizará la aptitud o no de nuestras sociedades a dirigirse hacia un nuevo modelo de sociedad, más sostenible.

Mejorías significativas han sido realizadas para reducir el consumo energético en los sectores de la vivienda y de las actividades terciarias. La capacidad de reorganización de los modelos estará en el corazón de la estrategia de transición hacia un “crecimiento verde” y sociedades sostenibles.

Muchas veces, el cambio de escala de las ciudades ha sobrepasado las fronteras administrativas y políticas de las antiguas entidades territoriales, planteando por todas partes, problemáticas mayores de coordinación de sistemas de transporte, pocas veces bien resueltas. La gestión de la movilidad es una prueba de la capacidad política de manejar la articulación de escalas de gobernanza y de hacer cooperar servicios públicos, desde la escala del distrito hasta la escala metropolitana.

Estos elementos explican la ambición de Citego de reunir, con el tiempo, experiencias de organización y de gestión de la movilidad vistas bajo estos diferentes ángulos.

4 análisis

2 estudios de caso